Sentir tus cuerpo junto al mío debe ser como zambullirte rápidamente dentro del mar, al principio tienes esa sensación de frío y de contraste, incluso de incomodidad por sentir algo nuevo e incontrolado, pero al momento, casi instantáneamente, te amoldas a la perfección a esa nueva situación, fundiendo tu cuerpo junto la suavidad del agua y la sal.

A veces imagino estar en otros brazos, a veces imagino, sentir las caricias de otro cuerpo, otros besos, otro aliento, otros susurros, otro latir del corazón…

A veces me siento mal por tener estos pensamientos, a veces me siento bien por sentirme viva y poder hacer volar mi imaginación, mis fantasías corretean por mi mente, como si fueran mariposas recién liberadas, sin control, sin rumbo, sin saber que hacer, ni por donde tirar.

El llanto de mi hijo me devuelve la realidad del momento, y al abrir los ojos me pongo la careta de responsabilidad dispuesta a focalizar mis pensamientos en ver que pequeña razón hace que sus lágrimas recorran de nuevo su rostro, seguro que es una muestra de reclamo de atención, últimamente tiene muchas demandas de éste tipo.

Hablo con él, seco su rostro, abrazo su cuerpo, sus manitas me recogen el pelo por detrás del cuello, cierro mis ojos y se evaporan mis fantasías como por arte de magia.

Mi hijo me proporciona el baño de realidad que a veces no soy capaz de ver, esa realidad que a veces odio, y a veces adoro, ese baño de realidad que a veces necesito.